Dicen que el tiempo corre, o lo que es peor aún, que el tiempo vuela. La verdad que es así. Pero no sólo el tiempo vuela, sino que también nuestro mundo vuela, nuestro universo vuela, nuestras vidas vuelan. Esto nos produce cierto temor, ansias, angustia, desesperación, pero por sobre todo, cansancio y estrés. Todas estas sensaciones que se nos producen nos provocan un profundo malestar, sentimos que no tenemos un minuto en paz, un minuto de gozo o disfrute, un minuto de tranquilidad. Continuamente tenemos que estar preocupados por esto o por lo otro, la velocidad del tiempo nos exige estar constantemente corriendo de un lado para el otro, de estar cien por ciento activos lo que a su vez nos provoca estar continuamente malhumorados y sensibles ante cualquier cosa por más pequeña que sea. Cuando vemos que no podemos más, sale sistemáticamente de nuestras bocas: ¡Dios mío, dame tu fortaleza!, ¡Ay Dios, dónde estás! Algo similar a esto que muchas veces nos ocurre a nosotros, le ocurría a Yaakov, el gran protagonista de nuestra Parshá. Yaakov había huido de su casa paterna, su hermano Esav había amenazado con matarlo ya que él le había robado su primogenitura. Un poco echado de su casa por sus propios padres, con la desesperación de fugarse rápidamente pues su hermano lo buscaba para matarlo y con el miedo y temor que provoca toda nueva aventura, como a la que se le abría a Yaakov; son ser psicólogos ni doctos en la materia, podemos observar, que Yaakov, claramente, se sentía angustiado y agobiado ante esta situación y seguramente habrá exclamado estas mismas frases que decimos nosotros ante experiencias similares. Después de transitar largamente para llegar a la casa de su tío Laván, tal como se lo había sugerido su madre Rivká, el cansancio se apoderó de él y decidió parar, dormir y descansar durante la noche. Durante esa noche tuvo un sueño donde ángeles subían y bajaban continuamente por una escalera que bajaba desde el cielo y fue que, durante ese sueño, Dios se le reveló a Yaakov como el Dios de sus antepasados. Al despertar Yaakov, y recordando lo que había soñado, se dijo para si: “Yesh Adonai va makom azé va anojí lo iedatí”, “Hay un Dios en este lugar, mas yo no lo sabía”. Al parecer, la Torá nos trata de mostrar que Yaakov, luego de haber estado deambulando y caminando, preso de sus miedos y ansiedades, se había dado un espacio para detenerse, descansar y que el resultado de eso habría sido encontrar a Dios, encontrar su tranquilidad. Sin dudas que este sueño y este encuentro habrán renovado las fuerzas y esperanzas en Yaakov y lo hayan motivado para cambiar, reencaminar y rehacer su vida, al punto tal, que es capaz de reconocer que por su situación anterior no se había percatado que se encontraba en un lugar santo y que a lo largo de su vida no había podido encontrar a Dios. Seguramente, que lo que le pasaba a Yaakov hasta antes de su sueño, es algo que nos sucede a nosotros en forma cotidiana. La vida acelerada, demandante, estresante y difícil que llevamos, muchas veces nos hace perder el rumbo hacia donde verdaderamente queremos llegar y más que darnos cuenta de que estamos en un lugar o viviendo la vida con todas las cosas bellas que ella tiene, nos hace sentir que nos encontramos desvalidos, perdidos y cansados mientras pasa el tiempo. Nuestro sufrimiento es tan grande, que no nos permite reconocer cuánto hacemos nosotros para que esto nos suceda y terminamos buscando a un responsable de esta situación que nos toca vivir: Dios. Sin embargo, por suerte existen espacios como el Shabat, nuestras festividades, las vacaciones, compartir con nuestras familias y seres amados y queridos, los cuales nos permiten encontrarle ese gustito tan dulce y meloso que tiene la vida. Son en esos momentos en los que logramos comunicarnos con Dios, soñar bellos sueños, recordar situaciones y cosas hermosas que hemos vivido, y que cuando despertamos nos permiten decir, al igual que Yaakov: “Yesh Adonai va makom azé, va anojí lo iedatí”, “Hay un Dios en este lugar, que me quiere, que no me abandona, que está junto a mí, al que encontré, mas yo no lo sabía”. Sin dudas que estas palabras de Yaakov nos invitan a que busquemos esos hermosos momentos que valen la pena vivir, para poder continuar con la cotidianeidad de nuestras vidas, las cuales, desgraciadamente, resultan ser muchas veces, difíciles y tormentosas, pero que aún así, no debemos desesperarnos ya que Dios está con nosotros. Sólo depende de que cada uno de nosotros se tome el tiempo, o el momento, para poder parar, contemplar, observar, disfrutar, descansar y así darnos cuenta que en todo lugar que recorremos en nuestra vida, hay un Dios que está presente, por más que no lo sabíamos. Ahora lo sabemos, ahora debemos buscarlo. Es deber y obligación de cada uno encontrarlo. Cuando decidamos iniciar esta búsqueda y logremos encontrar lo que buscamos, entonces, nos sentiremos muchos mejor y con ganas de vivir la vida. Shabat Shalom Umevoraj Por Yonatan Szewkis Sabah
Actualizado ( Lunes, 30 de Noviembre de 2009 15:37 )